La mañana del 7 de octubre de 2023, Oz Davidian se despertó en su casa del moshav Maslul, en el sur de Israel, alertado por una lluvia de cohetes inusualmente intensa. Él y su esposa reunieron a sus hijas y buscaron refugio. Durante una breve pausa, mientras recogían agua y pañales, apareció un mensaje en el grupo de WhatsApp de la familia.
Su hermana Dikla, que se encontraba cerca del lugar donde se celebraba el festival de música Nova, le comunicó que varios jóvenes aterrorizados habían acudido a su marido — propietario de una granja en la zona — pidiendo ayuda. «Salgo en unos minutos», respondió Davidian. Pidió a su esposa e hijas que permanecieran en casa, cargó un paquete de seis botellas de agua en su camioneta y se puso en marcha. En lugar de utilizar las carreteras, condujo a campo traviesa. En retrospectiva, afirma que esa decisión tal vez le salvó la vida también.
«No en todos los lugares quedaba gente con vida»
Al principio, Davidian no comprendía la situación en la que se estaba adentrando. Cerca de la granja de su cuñado, se encontró con jóvenes aterrados que habían huido del festival; fue entonces cuando empezó a entender lo que estaba sucediendo.
«Les dije a mi cuñado y a mis sobrinos: «Suban a todos al vehículo. Conozco el terreno, tengo una camioneta de doble tracción; voy a entrar para sacar a los chicos»».
Entró a través de un wadi (un valle, barranco o cauce que permanece seco excepto durante la temporada de lluvias.). Luego volvió a entrar. Y otra vez más. Con cada viaje, la magnitud del desastre se hacía más evidente: terroristas, disparos incesantes, explosiones y jóvenes corriendo para salvar la vida. Siempre que los veía, se detenía y gritaba: «Me llamo Oz. Vengan, estoy aquí para sacarlos».
Se apiñaron en su camioneta y él los llevó a un lugar seguro, a veces bajo fuego. En medio del caos, Davidian comenzó a tomar fotografías. Selfis con los supervivientes y, más tarde, una foto con el líder del partido demócrata Yair Golan, pasaron a formar parte del registro visual de aquel día.
Él cuenta que las imágenes cumplían dos objetivos. El primero era escalofriantemente sencillo: pensó que podrían ser las últimas fotografías de las personas que iban en el vehículo y, si morían, quería que la gente supiera quiénes habían estado allí.
El segundo era una llamada de auxilio. «Las envié a todas partes, a todos los grupos de WhatsApp que tenía, para que la gente comprendiera la magnitud de lo que estaba ocurriendo y enviara refuerzos o ayuda», relata. Las imágenes llegaron a otras personas; algunas de ellas se dirigieron al sur tras verlas.
Davidian también les cedía el teléfono a los jóvenes que rescataba. «Les decía: «Todos tienen 10 segundos para hablar. Papá, mamá, estoy vivo. Voy de camino al moshav Maslul o al moshav Patish»».
Los residentes de ambas comunidades proporcionaron alimentos, agua, ropa y ayuda a los supervivientes, además de facilitarles el contacto con sus familias. «Hay muchos jóvenes que tal vez regresaron con vida del festival, pero no volvieron a sus vidas», comenta Davidian. «Creo que ninguno volvió a ser quien era, y no lo harán. Es una situación difícil para todos ellos. Algunos están sufriendo mucho más».
Mientras tanto, empezaron a llegar más ubicaciones al teléfono de Davidian. Los supervivientes compartían su número con amigos que aún permanecían ocultos en la zona y, poco después, padres, hermanos y amigos también se ponían en contacto con él.
Una tras otra, las ubicaciones aparecían en su pantalla: personas escondidas que aguardaban a que alguien acudiera en su ayuda. Davidian asegura que acudió a todas ellas, aunque no en todos los lugares encontró a alguien a quien pudiera salvar.
«No desistí en ninguna ubicación», afirma. En algunos sitios encontró personas con vida; en otros, cadáveres. Algunos lugares ya estaban vacíos, al parecer porque quienes se ocultaban allí se habían visto obligados a huir.
Antes de cada viaje, consultaba las ubicaciones, trazaba mentalmente la ruta y conducía de un punto a otro. Davidian entró y salió de la zona de peligro en 15 ocasiones y rescató a 120 personas con vida. Tres años después, esa cifra no ha borrado de su mente el recuerdo de aquellos a quienes no pudo salvar.
«Es algo que no me abandona», dice entre lágrimas. «Hubo lugares a los que llegué y no quedaba nadie con vida. Muchas veces pienso: tal vez si hubiera conducido desde este otro lado, habría podido llegar a más personas a tiempo».
Cuando le dicen que hizo todo lo que un solo hombre con una camioneta podía hacer, Davidian asiente. Pero lo que su mente comprende le resulta difícil de aceptar a su corazón. «Es verdad, hice todo lo que pude. No me rendí», afirma, antes de volver una vez más a ese «tal vez» que sigue carcomiéndolo.
También le cuesta aceptar que se le califique de «héroe» a él solo. Para él, aquel día estuvo lleno de personas que encajaban en esa descripción: civiles, policías y soldados. «Creo que somos un país de héroes», dice. «Conocí a muchos héroes que entraron en la zona. No todos sobrevivieron. No todos siguen con vida».
Postrauma
Tras el 7 de octubre, Davidian apenas tuvo tiempo de regresar a casa y asimilar lo que había vivido. Fue movilizado para el servicio de reserva, en parte debido a lo que había presenciado y a las imágenes captadas por las cámaras de su vehículo. Durante casi cuatro meses, colaboró con las fuerzas de seguridad en la zona del festival, participando, entre otras tareas, en la localización de cuerpos y la identificación de pruebas.
Más tarde, continuó su servicio de reserva en la División de Gaza de las FDI. Fue entonces, una vez concluida la primera misión, cuando algo se rompió en su interior.
Mientras conducía cerca de Kfar Aza y Re’im para llevar comida a los soldados, Davidian sintió de repente una presión en todo el cuerpo. El corazón empezó a latirle con fuerza y sintió una oleada de calor. Davidian, que tenía más de 50 años y era fumador, estaba convencido de que estaba sufriendo un infarto.
Le dijo a su esposa que no se sentía bien, avisó por mensaje al comandante de su batallón de que regresaba a casa y se marchó. Quienes le rodeaban comprendieron lo que ocurría antes que él mismo.
Al llegar a casa, le esperaban su esposa y sus hijas. También acudió el comandante de su batallón, y posteriormente Davidian fue derivado a tratamiento. «Ese fue el día que lo entendí», afirma. «Me explicaron que se trataba de un trastorno postraumático y que íbamos a empezar a tratarlo».
Desde entonces, ha seguido un tratamiento psicológico y psicoterapéutico, permanece bajo supervisión psiquiátrica y toma medicación. Tras aproximadamente un año y medio, interrumpió el tratamiento durante varios meses porque el proceso en sí le resultaba demasiado duro, pero luego lo retomó.
Hoy en día sigue bajo tratamiento. «La medicación ayuda, el tratamiento ayuda, las conversaciones ayudan», dice. «Esas conversaciones son increíblemente duras, pero realmente salvan vidas. Es muy difícil empezar un tratamiento o admitir que te estás tratando. Si no hubiera colapsado allí fuera, no habría pensado que lo necesitaba».
Ahora también hay momentos diferentes en su vida. Los 120 jóvenes a los que rescató no han desaparecido de ella. Comparten un grupo de WhatsApp y Davidian los llama «mis hijos».
Tehila, una de las supervivientes, dio a luz a un hijo aproximadamente un año y medio después de la masacre y le puso el nombre de Oz en honor a Davidian. Shani Arditi, cuya fotografía en la parte trasera de su camioneta se convirtió en una de las imágenes asociadas a las labores de rescate, se ha casado desde entonces.
Sin embargo, para algunos supervivientes, el tiempo no ha convertido la supervivencia en una vuelta a la vida normal. «Hay muchos de mis chicos, y otros jóvenes también, que tal vez regresaron vivos del festival, pero no volvieron a sus vidas», dice Davidian. «Creo que ninguno de ellos volvió a ser quien era, y no volverán a serlo. Es duro para todos. Algunos están sufriendo realmente más».
Él intenta ayudarles en sus gestiones con las autoridades estatales y mantiene el contacto con las familias de las víctimas, incluidas aquellas que se pusieron en contacto con él aquel día para pedirle que llegara hasta sus hijos, solo para que él arribara demasiado tarde.
El 7 de octubre tampoco ha terminado dentro de su propio hogar. Su esposa y sus hijas estaban en Maslul mientras él conducía hacia el festival. Escucharon los disparos y las explosiones, supieron que había terroristas en la zona y esperaron para saber si él regresaría.
Ellas también han estado recibiendo tratamiento desde entonces, comenta. «No soy el único que vivió esto», afirma. «No somos solo una familia con estrés postraumático. Somos un país con estrés postraumático».
«No sé si volveré a ser yo mismo»
Tres años después, Davidian afirma que, si bien la intensidad con la que el 7 de octubre ocupa la conciencia pública tal vez esté disminuyendo, el suceso en sí no puede olvidarse.
Comenta que evitó deliberadamente la política durante tres años y que sigue queriendo mantener el recuerdo de la masacre al margen de las disputas electorales. «Creo que este acontecimiento es demasiado importante para utilizarlo con fines políticos», señala. «Me duele que también se utilice a las familias de las víctimas y a los héroes, con personas atacándose mutuamente por motivos políticos».
Le inquietan especialmente las teorías conspirativas en torno a los sucesos de aquel día. Entre ellas figuran las afirmaciones sobre su fotografía con Golan, la cual circuló en internet en versiones donde Davidian había sido recortado de la imagen; sin embargo, en las gafas de Golan se puede apreciar el reflejo de la camioneta de Davidian.
Algunas teorías conspirativas sostenían que la camioneta — el mismo vehículo que Davidian utilizó para rescatar a 120 personas — pertenecía a terroristas.
Davidian afirma que él mismo tomó la fotografía durante la operación de rescate, tras encontrarse con Golan sobre el terreno. Para él, los actos de valentía del 7 de octubre no pertenecían a ningún bando político en particular. «Cuando rescatábamos a personas, no les preguntábamos por sus opiniones políticas», comenta. «Las rescatábamos porque son nuestros hijos».
No se prevé que Davidian pase este 7 de octubre con su familia y los supervivientes que rescató, como suele hacer habitualmente. Tiene previsto asistir a las Naciones Unidas, donde ha sido invitado a dirigirse a cientos de diplomáticos y embajadores para relatar de primera mano lo que vio y vivió.
Dice que al principio no quería viajar, pero le convencieron de que contar la historia allí tenía valor. Espera encontrarse en una situación distinta dentro de tres años. No necesariamente ser la misma persona que era antes de aquella mañana — ya no da por sentada esa posibilidad — pero sí espera, al menos, estar más cerca de la vida que tuvo en otro tiempo.
«No sé si lograré reencontrarme conmigo mismo, pero realmente espero volver a una vida bastante parecida a la que tenía», afirma. «Al fin y al cabo, soy un moshavnik. Una persona que se levanta por la mañana en el moshav, en casa, con su esposa y sus hijos; como cualquier persona corriente».
Y alberga una esperanza más: que, dentro de tres años, el país también presente un aspecto diferente. «Más unido, más cohesionado», dice. «Con menos divisiones, menos polarización, menos enfrentamientos y menos confrontación entre nosotros. Porque, al final, todos somos hermanos».
«Puede que yo sea solo una persona», comenta, «pero haré todo lo que esté a mi alcance».
Traducción: El Consulado General H. de Israel en Guayaquil
Fuente: YnetNews
