Francisco Escandón Guevara
Email: fcoescandog@gmail.com
Hace pocos días, algunos organismos de crédito
internacional lanzaron una advertencia que no debe ignorarse: el sobreendeudamiento
de la economía mundial alcanzó niveles críticos y la burbuja financiera global
amenaza con estallar.
Según el Fondo Monetario Internacional, al cerrar el
año 2025, la suma de la deuda externa acumulada de todos los países del planeta
alcanzó el 93,9% del Producto Interno Bruto mundial y las previsiones alertan
que antes de terminar esta década el endeudamiento superará el 100%.
Los números
por país confirman la magnitud del problema. Japón supera el 200% de su PIB en
deuda, Estados Unidos e Italia se
ubican por encima del 120%, Francia el 116%, Reino Unido el 101% y China
el 88%. El capitalismo atraviesa una condición crítica estructural de la que no
escapan ni siquiera los países imperialistas.
En el caso de
los países dependientes la situación es más aguda. Ecuador tiene una deuda
total consolidada que supera el 70% de su PIB y se aproxima a los 100 mil
millones de dólares. Sólo en 2026, el gobierno desembolsará 12.822 millones de dólares a los tenedores de
la deuda externa e interna, cifra muy superior a lo que destinará a inversión
pública. La proporción es catastrófica: por cada dólar que Ecuador invierte en
su futuro, gasta casi siete dólares pagando deudas del pasado.
Este no es un fenómeno reciente. Desde los años setenta
del siglo anterior, sucesivos gobiernos -dictaduras civiles o militares,
conservadores o socialdemócratas, neoliberales o progresistas- cedieron las decisiones económicas a los organismos financieros internacionales, a
los intereses de las superpotencias y a los negocios de las transnacionales.
La deuda se
convirtió en un mecanismo de control y chantaje político. Al priorizar el pago de la deuda, las consecuencias las pagó siempre el pueblo: recortes presupuestarios a
escuelas y hospitales, más impuestos al consumo, menos pensiones a los
jubilados, despidos de trabajadores, privatización de empresas estratégicas,
eliminación de subsidios y alto costo de la vida. Esa austeridad oligárquica en realidad es una transferencia de riqueza
desde los pueblos hacia los acreedores.
Al seguir esa
inercia, el país y otras naciones caminan al default. Más temprano que tarde será imposible cumplir con los
pagos: contratar nuevos créditos será carísimo, los títulos de deuda perderán
valor aceleradamente y la burbuja financiera estallará posiblemente en una
crisis generalizada.
Continuar
pagando la deuda externa no es responsabilidad fiscal, es rendición y atraso
para los pueblos. Es hora de la moratoria: primero la vida.
Francisco Escandón Guevara
Email:
fcoescandog@gmail.com
