miércoles, 2 de septiembre de 2026

Santa Elena contada a través de Santa Elena por Alex Frías Román

13:14

 


La literatura costumbrista encuentra en la oralidad popular uno de sus manantiales más fértiles, y pocas veces esa fuente se revela con la autenticidad, el humor y la ternura que hallamos en Santa Elena entre cuentos, relatos y versos. 

Esta obra de Alex Frías Román se inscribe en una tradición que recupera la memoria viva de los pueblos, pero lo hace con un tono propio, cargado de agudeza, crítica social y una inquebrantable vocación pedagógica. Aquí no se escribe solo para entretener: se escribe para preservar, corregir, comprender y, sobre todo, para agradecer.

Desde las primeras páginas, el autor no oculta su motivación esencial: sentí la necesidad de recopilar y narrar aspectos sencillos, importantes y trascendentales que ayuden a explicar el comportamiento y las costumbres de este pueblo — y esa necesidad se vuelve urgencia ética y amorosa. Lo que para otros sería materia menor, para Frías Román es el verdadero corazón de la cultura peninsular. No teme declarar que se trata de textos medio en broma, medio en serio, pero en esa oscilación se instala precisamente su eficacia: el humor funciona aquí como una forma de resistencia, la risa como catarsis y la ironía como denuncia.

La escritura del autor combina memoria autobiográfica, mirada antropológica y dominio del ritmo narrativo. No es casual que su infancia estuviera marcada por la escucha, los cuentos me hacen revivir mi infancia feliz, afirma, y a lo largo de la obra queda claro que escribir es, para él, un acto de retribución hacia la comunidad que lo acogió y lo inspiró. Así, las historias se convierten en actos de justicia poética, y los personajes, incluso los más humildes, encuentran aquí su inmortalidad narrativa.

Cada relato es una cápsula de sabiduría popular, condimentada con refranes, expresiones locales y una observación aguda de la psicología rural. En La jaiba cojita, por ejemplo, la denuncia ecológica se filtra por el diálogo entre moluscos: no es a mí a quien le causaron el delito, pero me duele que los humanos elijan lo más fácil: pescar, cazar, matar, en lugar de dedicarse a sembrar, tejer, elaborar artesanías o simplemente comerciar. La fábula se transforma en una crítica a la explotación ambiental y al egoísmo humano, sin necesidad de pontificar ni recurrir al panfleto.

Del mismo modo, el relato El supuesto roba chivos desmonta, con fina ironía, las estructuras del chisme, la injusticia laboral y el juicio sin pruebas. La escena se desenvuelve como una comedia judicial de pueblo, pero el trasfondo es serio: nos habla de cómo la ignorancia y la malicia pueden destruir reputaciones. Y lo hace con una estructura casi teatral, donde los testigos se contradicen y los acusadores se delatan por sus propios absurdos.

En Los pactos con el Diablo, el sarcasmo alcanza una densidad crítica: ahora se toma el camino más fácil: te haces banquero, chulquero o amable prestamista y te enriqueces en menos de lo que canta un gallo. La figura del Diablo no es solo un personaje mítico: es una alegoría del poder corrupto, de la impunidad, del dinero mal habido. El relato es divertido, sí, pero también perturbador en su retrato de las prácticas normalizadas por la codicia.

El libro no se contenta con mirar el pasado como un tiempo idealizado: denuncia las injusticias actuales, las omisiones del Estado, el abandono institucional. En Sacachún, pueblo esperanza o La represa del Azúcar, se expone la lucha de las comunas por el acceso a recursos, memoria, justicia y representación política. La creación de la provincia de Santa Elena favoreció a los inversionistas de la política, pero afectó a diez comunas, dice sin rodeos. Frías Román no teme poner el dedo en la llaga: su amor por la Península no lo ciega, lo compromete.

También encontramos piezas de una belleza melancólica y evocadora, como Los amantes de Sumpa, donde el autor imagina una conversación íntima con los célebres esqueletos, transformando un ícono arqueológico en símbolo de ternura y reflexión histórica. Para ellos, amante es para todo el tiempo: amar ayer, hoy o mañana es demasiado poco tiempo, aquí se mezcla la historia con la leyenda, la crítica con el homenaje, lo sagrado con lo profano. Escrita en una prosa ágil, salpicada de regionalismos y giros locales, esta obra se convierte en un testimonio coral. Aunque cada texto tenga un narrador central, lo que emerge es una polifonía de voces populares. En estas páginas hablan los sabios del parque, las comadronas, los pescadores, las brujas, los animales, los fantasmas y los niños. Todos tienen algo que decir, y el autor les presta oído y palabra.

Por ello, Santa Elena entre cuentos, relatos y versos es mucho más que una compilación anecdótica: es un documento vivo, un mapa afectivo, un archivo de memoria que convierte a la risa en resistencia y a la palabra en patrimonio. Leerlo es recorrer Santa Elena con otros ojos, más atentos, más sabios, más agradecidos. Es, también, una invitación a comprender mejor la famosa frase: ‘porque después de todo he comprendido que lo que tiene el árbol de frondoso y de florido, lo debe a lo que tiene sepultado’.

Queda en nuestras manos —como lectores, como ciudadanos, como herederos de estas historias— la tarea de no dejar que el polvo o el olvido cubran estos relatos que, como los viejos árboles, tienen raíces profundas y savia que aún fluye.

Luis Franco González 

Santa Rosa, mayo de 2025

 

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